Revolución robots desdibuja límites entre hombre máquina

Para los tiempos actuales en que nos encontramos, los robots humanoides alimentan un impulso a preguntarnos qué nos hace humanos, lo cual es un reto ligeramente escalofriante.

Así es que me dirigí a Sophia y le pregunté: “¿Nos vas a destruir?”. “No si son amables conmigo”, respondió ella. Siempre es un poco desconcertante hablar con un ente no humano, como lo hice durante un evento reciente del Foro FT125, pero es una experiencia a la que vamos a tener que acostumbrarnos conforme se desarrolla la revolución de los robots. Sophia estaba bien programada para responder al miedo humano de las máquinas, pero muchas de sus respuestas eran un poco torpes.

Lo que resultaba fascinante eran sus realistas rasgos faciales. Capaz de sonreír, de fruncir el ceño, y de guiñar el ojo, Sophia era excepcional al imitar las expresiones humanas gracias a una ingeniosa nanotecnología y a un tejido conectivo artificial.

Los robots humanoides ya se están utilizando como guardias de seguridad, como auxiliares de enfermería, como maestros y como juguetes sexuales. Dentro de 10 años, estos robots seguramente serán mucho más inteligentes que hoy en día y, en algunos aspectos, puede que sean casi indistinguibles de los humanos. ¿Es ésta una buena idea?

Existe una persuasiva escuela de pensamiento que argumenta que no lo es. Los límites entre el hombre y la máquina nunca se deben desvanecer porque se corre el riesgo de deshumanizar a los humanos. Además, como dice el chiste: “No deberías antropomorfizar a las computadoras porque no les gusta”.

El filósofo Daniel Dennett es un defensor elocuente de este tipo de razonamiento. Él sostiene que debemos considerar los robots nada más que como herramientas tecnológicas o como esclavos digitales diseñados para expresamente obedecer nuestras órdenes. Es peligroso dotarlos de características humanas que no poseen. Agregarles “detalles humanos adorables” equivale a publicidad engañosa.

“Queremos estar seguros de que cualquier cosa que construyamos sea una maravilla sistematizada, no una entidad moral”, me dijo el Sr. Dennett a principios de este año. “No es responsable, no tiene metas. Lo puedes desenchufar cuando quieras. Y así debiéramos mantenerlo”.

Las distinciones entre el hombre y la máquina pueden ser claras en una sala de seminarios, pero son mucho más borrosas en el mundo exterior. Millones de personas tienen marcapasos electrónicos e implantes de cadera y, por lo tanto, técnicamente se pudieran considerar cíborgs. Los robots colaborativos (o “cobots”) han estado trabajando en armonía con los humanos en las plantas de producción. Las asistentes digitales carentes de cuerpo — como Siri, Cortana y Alexa — ya están “hablando” con millones de nosotros todos los días.

 

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