Un aniversario más después de la muerte de Trujillo

Por: Miguel A Gonell, Jr

Paterson, NJ.-Haciendo un análisis con toda objetividad e imbuido en la imparcialidad, para no ser viciado con los relatos de la historia y muchos testimonios de aquellos que de una u otra forma no se congraciaron con el régimen, voy a presentar una visión panorámica de lo que puede llamarse la Era del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, también conocido como el Benefactor de la Patria Nueva.

En sus principios, al momento de tomar el poder, el Generalísimo se encuentra con un monte, un arrabal, un territorio sin ordenamiento, sin calles ni carreteras que permitieran tener la idea de que se tratara de un país con algunas condiciones en materia de desarrollo o viabilidad aceptable, para iniciar mi esbozo.

Para entonces, la Nación contaba con apenas caminos reales, ya que Lilis, por ejemplo, decía que no se le podían hacer carreteras a la gente del Cibao, una de las regiones más productivas que tiene el territorio nacional, porque se adueñaban del país y que nadie los soportaría; indicando que propiciar el desarrollo en esta demarcación se convertiría en una lamentable decisión para cualquier gobierno, craso error.

La bienvenida que completó la iniciación de la Era de Trujillo, fue la llegada de aquel condenado, inmisericorde y endemoniado Ciclón de San Zenón, el cual arrasó con la Ciudad Capital de la República Dominicana de entonces. De maneras, que la fuerte tarea y ardua labor a la que se enfrentaba el Generalísimo para levantar un país totalmente devastado y económicamente arruinado, no era para cualquiera de un gobierno principiante.

Como decimos en nuestro pueblo, se necesitaban hombres con pantalones para enfrentar una tarea que demandaba una titánica labor que lograra recobrar un país de la nada. Se hacía necesaria una gestión que permitiera levantar la Nación, como el Ave Fénix, del letal deterioro que había quedado de aquel nefasto fenómeno de la naturaleza.

Esta época de la historia de la República Dominicana, por si los historiadores no han expuesto sus concretos y específicos relatos, rondó por el mundo como la Era conocida por distintivos como el de una “Tacita de Oro”, “Moneda con cuña en Oro”, “Peso Oro dominicano” y un Estado libre de deuda externa; muestras claras de que este período de nuestra dominicanidad estaba marcado con la estirpe de una Nación que, aún siendo pequeña, se sustentaba en grandes pilares.

Dejar un país con obras de infraestructura que todavía se encuentran paradas y en funcionamiento, de un sostén arquitectónico extraordinario y envidiable para la época, con un grupo de empresas que pasaron a ser el Grupo CORDE, las cuales conformaban la Corporación de Empresas Estatales; entidades que fueron siempre respetadas por el Presidente dominicano más longevo de todos los tiempos y con mayor cantidad de períodos gobernados, Dr. Joaquín Balaguer Ricardo, por el hecho de que estas instituciones representaban el símbolo y trofeo del tiempo de bonanzas de aquellos momentos. La portentosa “Era de Trujillo”.

Muy bien lo dijo el poeta: “hay un país en el mundo llamado República Dominicana”, pero se le olvidó decir sobre su sueño vivido en el Hotel Jaragua, el emblemático y bien ubicado Monumento de Santiago, el Malecón, la Feria de la Paz, el Equipo de Polo de mayor prestigio en el mundo, para mostrar algunas de nuestras grandezas para la época. El poeta expresa la hermosura del país, pero no dice quien construyó la belleza que éste observaba y en su aclamación no le provee los créditos a quien proporcionó valor e hizo reconocer aquel país que fue mundialmente destacado.

La Era de Trujillo enarboló el respeto a los símbolos patrios, el culto a los padres de la patria y la separación total con el vecino traidor que usurpó y violó nuestro territorio, masacrando y subyugando nuestra población; reduciéndole las posibilidades al país de su crecimiento y desarrollo por largos 22 años. Indicativos que hicieron al Generalísimo Trujillo marcar las pautas que propiciaron una especie de arreglo o ajuste de cuentas pendientes, acciones que trazaron, cual la raya de Pizarro, un hasta aquí llegaron, considerado el basta ya; impregnando el respeto hasta el día de su muerte

El Generalísimo Trujillo Molina fue querido por muchos, odiado por otros y respetado, hasta temido, por todos. Al cumplirse un aniversario más de su asesinato, que hoy celebran algunos, tal los traidores enemigos de la Patria que vendieron igual como Judas al Mesías, Jesucristo, por aquellas monedas que no contuvieron sus manos; componendas que detonaron en perversidades por parte de los perpetradores y otras fuerzas ocultas.

Son tantos los atropellos recibidos por la Patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón y otros valiosos héroes de la dominicanidad en estos últimos 30 años, que sería necesario aclamar los 30 años que pasaron de la Era de Trujillo, cargados de la modernidad, del crecimiento y desarrollo logrado hoy; sustentados en un régimen de respeto y total apego a nuestros valores con el más alto sentir y deber patriótico que todo ser humano debe propugnar.

Para muchos que se alegraron de su muerte, sus razones consecuentes les hará y para los que pudieron enarbolar su gran pesar, los vestigios de la historia consagración le ha dado, pues con haberle eliminado sólo sirvieron de entrampado para destrozar todos los bienes acumulados y aprovecharse algunos de las debilidades que presentara el sistema para la ocasión; haciendo de las suyas, ya que en río revuelto sólo hay ganancia de pescadores. Es justicia sin pretensión, anclada ventaja del codiciador.

Hoy muchos se vanaglorian sirviéndose a sus anchas, pero son más, es la gran mayoría, los que anhelan retrotraer, resurgir y revivir aquellos buenos momentos de gloria, de respeto, bonanzas y prestigio nacional; permitiéndose confabularse con el verdadero sentir de aquella portentosa Era de Trujillo. Que Dios acoja nuestro clamor para volver a decir decorosamente “Somos dominicanos”, sin recelos ni temor.

 

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